Por
avasalladora demanda popular en Twitter.
Dice
la leyenda que la Marathón es la carrera que se calzó algún manso griego hace
tiempo para informar a las mujeres de que finalmente habían ganado la guerra y para
evitar así que mataran a sus hijos y se suicidaran antes de padecer tremendas
violaciones por parte de los bárbaros enemigos. Creo que las encontró a todas
departiendo amistosamente tomando unos Martinis –y seguro que algunas haciendo
la tijera ya.
La
carrera de semi-fondo y fondo no tiene interés competitivo alguno –más allá de ‘luchar
contra uno mismo’ (como si no tuviera uno ya suficientes problemas como para
además auto-lucharse)- y normalmente su practicante es el típico tío que
penetrada la treintena o quizá engullido ya en la cuarentena se da cuenta de
que está hecho una mierda. El gordo fumador que cuando hace pachangas de
costellada hace el puto pena. Esta es típicamente la carnaza de las carreras
estas.
Gente
que, carentes de hobbies de peso como meter barcos en botellas o jugar a golf,
deciden echar un colesterol al aire para así sentirse rejuvenecidos. Se trata
de un deporte que tolera normalmente una disciplina de entrenamiento laxa, una inversión
en equipamientos mínima, capacidades inexistentes y ganas de luchar contra uno
mismo. Factible.
El
que entrena más en serio podrá permitirse la marathón, el más ajado o
moralmente relajado intentará cornear una media, y el poso deportivo
mayoritario se calza las carreritas estas de 10k de los bomberos y se sienten
héroes. A menos longevidad de la carrera se han documentado más imbéciles
empujando el carrito con el bebé, disfrazados de Micky Mouse o vestidos de tía.
En las maratones auténticas empero la gente va a hacer una machada no-menor.
La marathón no está exenta de sacrificio, y defecarse on-the-go, si bien no es estético, arroja mejores tiempos que parar a plantar un pino en un bar.
La
marathón presenta complejidades: hay que hacer bondad, comer bien los días
antes, acostarse temprano y a veces averiguar cómo coño despertarse cuando hay
cambio horario 4 horas antes de la carrera. Para los que no lo sepáis los
corredores llevan un chip que va validando checkpoints y tiempo acumulado –se puede
hacer tracking online del marido, puede que vuelva a estar de putas-. Y el
corredor va tirando, siempre muy consciente de que tiene unas energías limitadas,
un kilometraje muy concreto, y tiene que maximizar velocidad asegurando que
entra en meta por propio pie.
A
tal fin ayudan los relojes estos esencialmente Garmin que combinan de manera útil
velocidad, posición GPS y tiempo para permitir asín al corredor medir sus
fuerzas dentro de lo humanamente posible. Luego hablan del ‘muro de los
trenta-y-pico kilómetros’, que es el momento en que cuando te has venido arriba
antes te vienes abajo. No es infrecuente ver víctimas mortales en los últimos
10 Kms de la marathón; se te va la mano un poco enganchado al culo de una corredora
severa, sale el hombre del mazo y terminas andando 6kms.
Para
terminar, señalar que el calzado es importante (a mí me aconsejaron Asics), lo
del relojito, lo del entreno con un frío que pela mientras otros están
cómodamente en el sofá mirando el ‘Esport club’, la alimentación, y ponerse
silicona o tiritas en los pezones para evitar sangradas. Todo eso para entrar
en 4 horas largas agarrado al coche escoba.
No
lo recomiendo, sinceramente.
