Yo
llevaba unos días –no semanas: días- medio liado con una tarada. Nos conocimos
hacía nada, yo no tenía ningún interés en ella, y ella (creía yo que) tampoco
en mí; para que veáis cuan convencido de todo lo anterior me hallaba yo, fue en
una fiesta en su propia casa cuando apreté a esa guiri polaca. Era en uno de
esos bloques de apartamentos típicos de EEUU con una piscina en medio, con
césped y tal, cómo en la peli esa de Shyamalan en que hay un bicho raro y una jaleo,
no recuerdo bien.
Pues
eso, que la fiesta tuvo lugar en su apartamento, con un balcón generoso que
daba a la susodicha piscina y con un porrón de gentuza de la uni como
invitados, lo de siempre. Así las cosas cuando reuní el valor (*) necesario,
cogí por banda a la guiri nueva bajo el inhumano bochorno del Septiembre
austral y empecé con mi protocolo de chapa, AKA ‘captura por erosión o
agotamiento’. Al parecer apelé al tan manido drama humanitario de la opresión a
la que está sometida Catalunya. Le hablé de los Castellers, de la Patum y del
elevado consumo de coca en Barcelona. Mientras me agarraba fuertemente a la
barandilla pues el calor y el alcohol me debilitan, supongo que la otra, la
locaza, la tarada que comentaba al principio del post, no percibió actitud
irregular alguna y seguimos asín asumo –pues no recuerdo bien- un rato más.
Lo
que sí recuerdo vívidamente es a mí, a mi amigo, a la guiri y a otra que mi
amigo estaba intentando capturar, los cuatro en la piscina ya bien entrada la
noche; nosotros dos en calzoncillos, ellas dos en bragas y sujetador,
realizando la típica guerra de caballos digamos en que las llevamos a hombros y
nos intentamos derribar los hunos a los otros. La fiesta seguía en el balcón
por lo cual asumí (no me fijé) que la locaza lo daba por bueno, cosa que me
pareció normal habida cuenta de que no había nada entre nosotros.
En
esas que le meto el hocico a la guiri, nos damos cuatro arrumacos y todo parece
discurrir por los cauces de la más estricta normalidad cuando oigo una
atronadora voz infernal descendiendo de los cielos que reza:
“Será
hijo de puta el tío, se está comiendo a la Alemanaaaaaaaaaaaaaaa” (**)
Asustado
me giré (estaba yo ganado yardas en una esquinita de la piscina con la jóven)
cuando una lata de cerveza –cerrada- con génesis de trayectoria ubicado en
algún punto del balcón y zénit celestial a 20m sobre el nivel del agua de la
piscina espetegó contra mi sien dejándome aturdido. El artefacto presentaba una
velocidad terminal elevada y un tino sustancioso, y entre el estupor y la taja
no supe prever que ese proyectil era tan solo la antesala de una operación aire-tierra
de notable calado en la cual yo era el único objetivo.

Así
las cosas, se amotinó la loca al lado del típico cubo de esos lleno de hielo y
latas de cerveza, y cual oficial de artillería nazi procedió a vaciar toda la
munición contra mi cabeza. Habría latas, ¿eh?, no hablamos de 3 o 5 misiles,no,
estamos hablando de quizá 20. Yo andaba confuso y tardé unos segundos en
detectar el punto de origen de la ofensiva. Ella me tenía dominado dada su
posición elevada y su no-borrachismo y yo era una indefensa trucha en una
piscifactoría.
Me
zambullía yo como había visto hacer a Schwarzenegger y Stallone en algunos
filmes intentando evitar el ataque pero cuando me tocaba salir no tenía
referencia visual de la lluvia de metralla y sobretodo insultos. Se tocaron
todos los palos (según me contaron pues yo oía intermitentemente las afrentas),
desde referencias a mi puta madre hasta deseos de accidentes, horrorosos todos.
Creo que darme-darme sólo me dio la primera, y el resto fue un torpe y
despechado bombardeo indiscriminado que colateralmente impactó población civil
sin causar heridos (quizá había 8 o 10 tíos más en la piscina).
Y
seguía chillando la loca, esencialmente denigrando a mi santa madre y señalándome
con el dedo cuando se le acabó la artillería. En esas que mi guiri ya se había
largado hacía rato mientras yo aguantaba el chaparrón desde el rincón azul
entre el jolgorio, los aplausos y la algarabía del respetable que, maravillado,
intentaba animar a la moza a no decaer y a alargar su notabilísimo rosario de
improperios hacia mí proferidos. Algunos incluso buscaban latas entre las cajas
para intentar dilatar la ofensiva.
Salí
del agua tajado y magullado, subí a la estancia entre descojonos del público,
la senté en una silla y le expliqué que al parecer había existido un
desalineamiento en las expectativas y que no era plan de montar ese numerito. No
recuerdo si me cayó alguna hostia o no, pero se calmó, la fiesta fue una de las
más largamente recordadas, a los dos días pude reconducir la situación con la
guiri y, al fin y al cabo, la vida son estas pequeñas cosas. Con la locaza, una
vez solventado el subidón de tensión nos unió en lo venidero una relación
cordial (si bien yo siempre dejaba el reojo puesto no me fuera a azotar con una
jarra de cerveza), y con la guiri, pues terminamos felizmente casados a pesar
de la anómala concepción de nuestra relación.
(*):
Alcohol
(**):
No era Alemana pero había venido con los alemanes, por lo cual lo dimos por
bueno.