viernes, 15 de julio de 2016

Ni sé cómo titular esto



La Ley y el orden se basan en la asunción de que la represalia y el castigo disuadirán a cualquier miembro de la sociedad de realizar acciones perjudiciales para el grupo.
No siempre funciona, pero el hecho de que el potencial criminal tenga mucho que perder generalmente desalienta esas actitudes; eso se basa en el instinto básico y fundamental entre animales, entre ellos los humanos, de supervivencia y aversión al dolor.
Cuando hay un sector relativamente amplio y oculto en la sociedad que no tiene temor a la represalia pues no tiene nada que perder, la ley se torna estéril, y el mecanismo desmotivador pierde eficacia en su totalidad.

No tienen nada que perder por dos motivos:
Uno, que la vida jamás les dio nada, ni a ellos ni a sus padres, más que sufrimiento, muerte y miseria.
Dos, derivado del primero: que ante la absoluta desesperanza, su existencia no tiene valor y ante un pliego de ideas más o menos innovadoras (si matar infieles es algo nuevo), se abrazan sin dudar pues no tienen otras avenidas.

¿Qué salidas al conflicto debemos contemplar?
Habida cuenta de que la Ley, la represión judicial, el impacto militar y cualquier medio coercitivo/castigador les es irrelevante, habría que descartar soluciones (en el largo plazo) basadas en inteligencia y el soporte policial. Evitarán atentados pero nunca todos, y desarticular uno es cómo vaciar un cubo de agua de mar a la orilla.
La negociación se antoja también estéril, pues en su desesperación, no esperan nada de occidente (con razón, llevamos siglos dando por culo) ni aceptarán nada menos que su califato o no-sé-qué pollada que tienen en mente.

En nuestra ignorancia sólo vemos moros, pero gente como el maravilloso Xavier Aldekoa conocen y publicitan bien las atrocidades que esos integristas perpetran contra su propia gente.
Que si Sunitas y Chiitas, que si esto o lo otro, no entendemos casi nada; una cosa empero sí sabemos: que los perpetradores matan a gente que tiene un rol cero en nada.

Si no puedes reprimir ni puedes negociar, qué te queda ante un ente mucho más bajo que el más ruin de los animales?
El approach étnico, la represión de las masa y la ulterior expulsión. Cómo con los judíos pero sin matarlos, supongo. Echarles a todos.
¿Se podría culpar a Francia por hacerlo? (o al próximo país que reciba duro, y aquí tenemos auténticos fajos de números) ¿Podría Le Pen echar a 10 o 20 millones de personas del país?

Supongo que en un espacio dilatado de tiempo, y soportando una auténtica sangría, podría.
¿Sería lo debido? Depende: castigar injustamente a miles de inocentes musulmanes se antoja tremendamente inadecuado, pero no están castigando ellos a franceses inocentes?
¿Merecen más justicia sus inocentes que los nuestros?
¿Hasta qué punto son esos absorbidos de segunda generación corresponsables de conspirar/encubrir a los que luego detonan la bomba?

Obviamente un infinitesimal porcentaje de los musulmanes apoyan a los terroristas, pero ¿cómo sino por la vía del FACE CONTROL podemos intentar evitar más masacres?
Tradicionalmente, cuando no te entiendes hablando, no queda más que recurrir a las hostias, pero ante alguien que no teme las leches y que por cada palo que recibe entrega cinco, ¿qué cojones te queda?
Naturalmente no apoyo el control étnico pero entiendo que, habida cuenta de los últimos 100,000 años de historia humana, es una avenida que siempre está sobre la mesa y cómo tal forma parte del pliego de posiblidades.

Estamos ante un nuevo paradigma tan horroroso que lejos de poder solucionarlo lo único que podemos hacer es huir de él.

lunes, 11 de julio de 2016

La Epifania



El otro día en Varsovia, visitando la iglesia tal, vi a una mujer llorar desconsoladamente delante de una imagen de una virgen o algo, ni me fijé en qué era.
Esa virgen, para esa mujer, representaba algo, y entiendo que o buscaba cobijo o mostraba decepción para con ella.
En ese momento, y aun a día de hoy, creí haber entendido qué es la religión o qué busca la gente en Dios.

Creo que, simplificando mucho, hay gente que ha entendido que somos todos pollitos aborregados en una pequeña caja de madera de 1m 20cm por 1m 45 cm, dentro de la cual periódicamente y sin patrón temporal claro, caen bolas de petanca lanzadas por alguien desde gran altura.
O quizá seamos barracas de paja y rastrojos construidas al borde de un acantilado en la ventosa Escocia, o vacas alineadas esperando una electrocución que ni anticipamos ni entendemos.

Desde ese nivel de comprensión nada desdeñable, desde el entendimiento ABSOLUTO de nuestra ausencia de control para con las bolas de petanca descendientes a 9.8m/s², cobra sentido el encomendarse a un algo o alguien que, aun sin poner orden en el caos, nos proteja un poquitín si fuera posible.
Ese es Dios.

Porqué desde nuestra prepotencia, creemos que todo irá bien porqué lo tenemos todo controlado. El ABS y el casco nos salvan la vida, los antibióticos y los cirujanos también, comemos equilibrado y somos el jefe runner de la comunidad de vecinos con esos 42’12 en la 10k de Malgrat.
Pero amigos, eso no lo es todo, y ni el control de estabilidad de Q7 ni el salario de 6 cifras pueden oponerse, ni tan solo tímidamente, al poder de ‘las cosas’.
La gente religiosa ha logrado entender esto y lo afrontan con la humildad necesaria y exigible. Con la sumisión por respuesta, sabedores de que no hay nada que negociar, tan solo la esperanza de la clemencia.

La desgracia nos vuelve religiosos. Mi abuela era muy devota, no sólo por haber nacido a principios de siglo sino por enviudar sin aviso a los 40 y con 6 niños en casa.
Mi otra abuela también lo era, quizá por haber perdido a una hija de 15 de afección cardíaca.
Y tanta otra gente lo son, gente que experimentaron en primera persona lo que es un buen uppercut en todo el puto mentón proferido por el Mike Tyson de la vida.

Toda esa gente, decepcionada con todo, entendedora de que no se acumulan méritos ante Dios sino bolas de petanca evitadas, optaron en su momento por arrodillarse ante el todopoderoso orden de ‘las cosas’.
Y es por ello que les respeto mucho, pues ahora que lo entendí, yo también creo en Dios.

viernes, 10 de junio de 2016

La frivolidad del acompañante



Existe ese momento extraño, hace años que me doy cuenta pero nunca se me ocurrió escribirlo, cuando hay algún familiar bien jodido en el hospital, habitación 113, abres la puerta y hay ahí 5 familiares o amigos del enfermo hablando animadísimamente de que si Messi esto, Colau lo otro, la maldita zona azul en Diagonal o cualquier pollada. Incluso con risas y tal.

Y tú, que acabes de entrar, que llevas media hora en el coche dando vueltas al tema médico y rozando a momentos el tema religioso y testeando tu fe, no puedes sino pensar que el tema está excesivamente frívolo como para que estén ahí echando esas voces y hablando de burradas.

Das un beso al enfermo, y alguno de los acompañantes te hace un gesto con la cara en términos de cuál es el pronóstico. Si el enfermo está realmente jodido, la gente empieza a contar qué han dicho los médicos y cómo luce el pelo como si el enfermo no estuviera delante, situación que te incomoda.

Y te sientas, xiuxiueja el de al lado “¿Vienes del trabajo?”, dices que sí, pones gesto grave y en momentos lloroso. Y preguntas detalles del dictamen médico, uno que explica un caso parecido, agarras la prensa pero desinteresado la vuelves a dejar al lado del croissant medio mordido del enfermo, y van pasando las horas mientras el sol se pone sobre el aeropuerto.

Alguien saca un tema razonablemente interesante, te metes en la conversación, se establece que “la culpa de lo de Neymar es del cabrón de Rosell”, se abre la puerta, llega otro, y en su interior se escandaliza con la frivolidad con la que estamos tratado la situación.

Y así se repite el bucle, pasa la vida, pasa la gente.

Descansa en paz, abuela.