lunes, 21 de octubre de 2019

El fin de la inocencia


Al igual que le está ocurriendo al estado español con lo de su ‘democracia ejemplar’, en casa estamos teniendo ciertas dificultades manteniendo, apuntalando, el relato.
Hace un par de meses se fue a tomar por culo lo del ratoncito Pérez, con la consecuente erosión conceptual del tema Santa Claus y reyes magos.

En esas andábamos cuando, en mi empuje didáctico y de valores -no relacionado con lo anterior-, le puse a mi hija de 8 años “Stop at nothing”, el espléndido documental sobre el tema Lance Armstrong.

Me sirve, cómo el hábil lector habrá triangulado ya, para articular una retórica demonizante sobre el tema drogas. “Mira que malos estos tíos que eran TRAMPOSOS y tomaban DROGAS para ganar pero luego les descubren y lo pierden todo, y tienen CÁNCER” tal y tal.

El discurso está bien hilvanado, y ciertamente -y hasta que pruebe la primera clencha-, está volcada contra las drogas y el alcohol. Bien ahí.

Pues en estas estábamos, cuando hacía el final del documental sale Tyler Hamilton (exciclista del US Postal -creo- y excompañero de Lance) entrevistado a cámara y proclama “Somebody has to tell the kids that Santa Claus is not real” [Álguien debe decir a los niños que Santa Claus no es real] referido obviamente al hecho del desenmascaramiento de Armstrong.

Yo noté que a la niña se le ponían las orejas de punta pero no dijo nada. Sabía que la bomba de relojería estaba ya en marcha. Seguimos hablando de que si ‘qué mal los que se drogan’ y tal. 

Pero al día siguiente, ayer, y mientras estábamos en silencio en el sofá, me suelta un:
-¿Los que se drogan dicen mentiras?
-Por supuesto, TODOS.
-¿El niño que ayer en el documental dijo aquello de Santa estaba mintiendo?
-Absolutamente, cómo todos los drogados.
-Uffffffff, menos mal, me pondría taaaaaaaaaaaan triste que fuera mentira….
-Descuida mi amor...

Si le faltaba una pizca de evidencia para confirmar el trolón de Santa y de TODO, lo halló viendo el puto documental. Ahora además ve claramente que soy un MENTIROSO.

La inocencia se puede perder de muchas maneras, y esta fue la suya.
Una pena.

martes, 1 de octubre de 2019

En el Mundial 82 iba con España


El 1 de Octubre de 2017 me afectó a nivel personal, y desde entonces no he vuelto a ser el mismo.
No diré que no puedo hacer vida normal, ni que estoy deprimido, ni ansioso, ni nada de eso, pero a partir de ese día mi vida cambió.
Para mal.

Quieras que no, yo en el mundial 82 quería que ganara España, y en el 86, ya menos en Italia 90, hasta que me importó un cojón en el 98. Pero tampoco les odiaba.
Recibía cómo buena noticia cuando bajaba el paro, cuando fue admitida en la CEE, y cuando parecía que esto podía ser un lugar normal.
Yo, aun sin simpatizar demasiado con ella, no odiaba a España.
Y a pesar del atropello del Estatut y todo el jabalismo micropénico demostrado desde 2010, más que odio lo que sentía era desdén y resignación con un país muy retrasado a todos los niveles pero que parecía querer intentar ser decente.

Pero ese 1 de Octubre de 2017 lo cambió todo.

Yo pensaba que mi padre era cortito por venir de dónde venía, pobre hombre. Venido del terruño, trabajó cómo estibador hasta el accidente en 1984. Hasta entonces no había sido un buen padre, mucho menos un buen marido, pero el tío hacía lo que podía y a pesar de su porfía con el alcohol, yo quería pensar que tenía buen corazón. Por eso tras el accidente y con 16 años me puse a trabajar y a darle todo el salario. Seguía chillando a mamá pero yo pensaba que era por su frustración, por sentirse inútil, y por no haber tenido nunca una educación.
El 1 de Octubre fue el día en que mi padre me cruzó la cara a hostias llegando borracho del bar y casi mata a mi madre a palos. A mi hermano lo tuvimos en Bellvitge dos semanas ingresado.

Ese fue el día en que entendí que siempre estuve equivocado, y que mi padre siempre había sido y siempre sería lo que era. Un cerdo.

El 1 de Octubre abrió mis ojos, y lo que vi me dolió mucho.
Ya nunca volveré a abrazar a mi padre, le deseo lo peor, y si Dios me da ocasión de segar su vida, ni por un momento dudaré que eso es lo debido.
Y si no puedo yo, mi deber es que mis hijos busquen la ocasión de hacerlo.

Ahora sí les odio. No me gusta, me duele, pero es así y es lo justo y debido.

martes, 10 de septiembre de 2019

El gambito del baluarte (o la dejada del jabalí)


Tras 6 años de ausencia, regresé al tenis hace 6 meses, y lo hice por la puerta del gato. 
Trampilla diríamos, ni a puerta alcanza mi retorno a las pistas.
La verdad es que tras un primer set explosivo repleto de subidas a la red, reveses en carrera, dejadas, lobs, passings y un suculento crisol de diabluras, me planté en el segundo set con un meritorio 6-4 en la buchaca. serví mal (ese servicio tan rematadamente malo que ni conlleva doblas faltas; flojo, centrado, inseguro y quebradizo tal que pondrías un niño de 6 años al resto y las devolvería todas) y el resto de mi juego no fue diferente.

Gracias a Dios mi rival tiene mi edad, y a pesar de estar fuerte, fornido, frondoso y jovenívol, carece por completo de calidad; es un puto jabalí. Pero corre cómo tal y las va devolviendo cómo si su vida fuera en ello.
Es además, y esta es una de las ventajas del anonimato en las redes, un hijo de puta.

Cada vez que subo me mete un globo (a pesar de ser un negado mete los lobs cómo Michael Chang) con el consiguiente desgaste -y desorientación por mi parte.

Cada vez que me quedo en el fondo me mete una dejada (a pesar de ser un negado clava las dejadas) con el consiguiente esprint de cojones y, peor aún, el frenazo perturbador.

No le cuelo un puto passing, no comete un solo error no forzado, es el Terminator de las pistas. Cero calidad, todo pundonor. Es un puerco.

A lo que iba: el día de mi retorno, hace ya meses, en el tercer set (6-4, 5-7) y con creo que 2-3, me mete la trigésimovigésimoséptima dejada -a mala folla, cómo todas las dejadas.

Una cosa que me pasa desde hace un tiempo con las dejadas es que me paso un buen rato sopesando si voy o no, y normalmente para cuando la bola da el tercer bote decido que sí, que 'vamos allá' -pero veo que ya es tarde.

Pero en ese momento, cuando vi al jabalí meter ese gestito luctuoso con la muñeca para la dejada letal, por circunstancias que no recuerdo -o jamás conocí, puse en marcha los reactores del Columbia y cual billones de barricas de nitrogeno líquido ardiendo para salvar a la humanidad del apocalipsis hacia galaxias más acogedoras, me dispuse a proyectar mi tripa, zapatos, raqueta y huevazos hacia la red a capturar esa bola que cambiaría mi vida.

Paró el viento, subieron los mares, se abrieron las nubes, y un canto celestial así en plan oh-oh-ooooh (de cuando aparece un ovni o la vírgen en las películas) surcó la central del Arthur Ashtray Stadium. 

Los pájaros cayeron a plomo, los girasoles empezaron a rotar cual tiovivos, se pararon los relojes y yo, heroico y a cámara lenta, acometía con los ojos inyectados en semen el momento que definiría mi carrera.

Habría ya atacado enfurecidamente dos tercios de mi periplo (y me faltarían aún unos dos metros más para coronar la gesta), cuando me petó un huevo o algo bajo pantalón sito. 

La ingle, el abductor, el adductor o el rotor de Jenkins. No sé qué reventó (y fue una pena que Abraham Zapruder estuviera en la pista 2 y no en la central para filmar el evento) pero el momento fue cósmico. Caí al suelo como Nixon, enroscado, patidifuso, lloroso y otoñal. Sabía que mi carrera había acabado -antes de empezar.

En resumen, que me estoy enrollando cómo una papela de farlopita: que tenemos partido este Jueves y he alcanzado un pacto de mínimos con él, con el jabalí, que asegura la taxativa PROHIBICIÓN de hacer dejadas por parte de quien fuere que vaya por delante en el marcador. Así de fácil.

Soy un monstruo de la negociación, ¿no?
Ya os contaré el Viernes. Estoy optimista.

lunes, 9 de septiembre de 2019

El enigma de Camilo


Poco que añadir a una brillantísima carrera. ‘Jesucristo Super Star’, ‘Sesto en Nueva York’, el ‘Sesto Sentido’, … clasicazos, historia viva de la iconografía pop de finales del siglo pasado.

Una pregunta, empero, jamás será contestada… ¿Qué empujó a Camilo a elegir tal nombre artístico?

Estaremos de acuerdo en que el nombre de Camilo Blanes, su nombre auténtico, carece de carisma y gancho a partes iguales.

Ni por un instante dudo que le aproximó su promotor con la necesidad no menos perentoria que apremiante, de buscar un nombre artístico con más atractivo.
Naturalmente tenía en mente el promotor ajustar el nombre de ‘Camilo’ mucho más que lo de ‘Blanes’, que suena neutral o incluso anglófono pronunciado así en plan ‘Bleins’.

¿Pero Camilo? Joder, cómo Hermenegildo o Olegario. De viejo naftalínico sondado. Que me venga con un “James Blanes” o “Oliver DeBlanes” y ya iremos tirando, pensó el promotor, ansioso por empezar a imprimir papel.

Sure enough, cómo vive Demis Roussos, que al tercer día viene el bueno de Camilo y le abofetea con lo de “Camilo Sesto”.

Aún no existía el WOOOOT DA FUCK entonces, todo era mucho más formal y diplomático, y seguro que el promotor arqueó las cejas, ejecutó un breve pero tenso facepalm, se incorporó hacia adelante en su mesa y tras mirar a Camilo fijamente a los ojos dijo:



“Entesos”

Y de ahí al cielo. Es curioso.

martes, 3 de septiembre de 2019

El Estaticienne


Sabido es que soy un fan de estadísticas, métricas, gráficas, medias….todo aquello que pueda ser medido y sea medido me interesa. No entraré en detalles pero es bastante enfermizo.

Cuando con 14 años jugaba a tenis, y bastante antes de que en la tele pusieran estadísticas de break point conversion % y tal, yo ya ponía estas métricas en las hojas de papel en que me apuntaba cada partido de tenis.

Con el golf, ¿qué les voy a contar? Esto son capturas de mi Golf.xlsx:

(y esta es la versión simplificada; la antigua tenía más métricas):




Sea cómo fuere, de Marzo 2017 a Marzo 2018 me dediqué a medir una serie de métricas, tales cómo cerveza ingerida (en litros), cubatas, cigarrillos, tal.

Tengo la app en el móvil con todo guardado y cómo me dispongo a desinstalarla, cuelgo a modo de tal mis consumos más destacados a lo largo de los 383 días analizados.

Cubatas:













Muy bien, consumo modesto o mejor.


Cigarrillos:
Mejora notoria, ahora estoy a 0 o 1.

Cerveza (en litros a la semana):


























Cifras algo excesivas, 328 litritos en un año. Gracias a Dios ahora estoy a la mitad o menos.

Pues nada, me la desinstalo. Y buenos días.

martes, 13 de agosto de 2019

His name is Bryan

Cruzado ya el ecuador de mi vida y atacando ya el Trópico de tal, me he agarrado un encabronamiento colosal y aun estando de vacaciones me pongo el despertador cada día para salir en bici por el monte. 07:40, o sea, preocupante.

Rehuyo sistemáticamente el llano y siempre subo y bajo todo lo que puedo. En subidas, cualquier ciclista me pasa cómo una exhalación, con sus ruedas de carbono y sus alerones Shimano Christian Deore. Y piernas, piernas fuertes, duras, torneadas y atléticas, atributos de los que carezco de sonrojante lid.

Aún así, todo corazón, a paladas de pundonor, no importa lo largo o cabrón que sea el puerto, yo voy subiendo, pegando unos bufidos que asustan a los jabalíes. Pero subo.

O sea: estoy avezado a la humillación y a ser adelantado por TODOS, SIEMPRE, y hasta les saludo -a pesar de que bien pocos me devuelven el saludo; nada peor que un ciclista, alimañas de mierda TODOS.

Pero para lo de hoy no estaba preparado: andaba yo dándolo todo a escasos 4 Kms de la cima de La Croix de Fer, veo algo por el rabillo del ojo, levanto la cabeza y veo un tio corriendo que me rebasa sin despeinarse en plena subidaca.

Me salió del alma soltarle "No me hagas esto, joder!" a lo que el runner respondió "No te preocupes, en la bajada me adelantarás".
-"No hay bajadas aquí!"
-"Ya verás"
Con estas palabras me dejó atrás.
Indignado e humillado, alcancé a inmortalizar el momento de mielda:


Pero cual Ave Félix, siempre rodando a unos 70-100m por detrás suyo, hice de próstata corazón y en un demarraje que ni Ari Vatanen, alcancé a ponerme en paralelo y proclamé un tarradéllico "Ya estoy aquí", no desafiante pero sí inspiracional, cojones, inspiracional.

-¿A dónde vas? -me pregunta
-Ni idea, voy empujando
-¿De dónde vienes?
-De tal
El tio, corriendo puerto arriba, hablaba con una normalidad aplastante.
Hicimos el último Km y medio en paralelo, unos 5 o 10 minutos charlando, un tio majísimo, me aconsejó una ruta tras coronar, que seguí con éxito.
Nos despedimos con un 'hasta pronto'.

O sea, la lectura creo que sería que si a pesar de ser un mierdas y haber sido brutalmente humillado tiras de pundonor -a pesar de no tener calidad alguna- puede que algo tan nímio cómo atrapar a un tío que no conoces sea una pequeña alegría, y si además os ponéis a charlar, hasta es bonito.

O quizá sea que soy un mierdas de cojones.






jueves, 23 de mayo de 2019

LE TRISTEUR a Luc Boisson film


(La continuaçon de le best-sellég ‘Les ponts del comptat d’Alopëce-Sotèlle’)

[Plano en blanco y nigger]
Me levanto despeinado, desafeitado, lloroso, resacado. Las cortinas de la ventana de mi buhardilla en Marsella revolotean al viento matinal.

[Se abre el plano y se ve una botella de Absenta vacía y el libro entreabierto al lado, con una dedicatoria que no acertamos a leer]
Me dejo caer de nuevo, boca abajo, sobre la cama, mientras una lágrima recorre mi mejilla.
[Zoom in a lágrima, desenfoque, cambio de plano ya a color]

Una mujer transita por las pobladas calles de Tokio rodeada de gente.
Pasa delante de una librería y se para súbitamente.
[Se hace aquí el típico plano con zoom del ojo lloroso tan manido, estéril e innecesario]
La chica ve el libro, “El Perfume” de Patrick Süskind (o parecido, ni lo he mirado)
Suspira, se pone el pelo detrás de la oreja, fade to black.

[Regresamos al blanco y negro, y el espectador ya tiembla ante la perspectiva de la turra que le va a calzar ahora el director con el imbécil del apartamento de los cojones]
Así es. Se ducha el tío (ahora que lo pienso ese tío soy yo, ¿no?), o sea, me ducho, y lloro.
Salgo, me seco, abro la tapa del libro y leo la dedicatoria:
Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. NEVER NEVER NEVER

Han pasado ya 20 años y el tío no logra sobreponerse. [Cómo no soy Director de cine y no sabría cómo especificar esto, supongo que tiraría de subtítulo y a tomar por culo, porqué el espectador no va a aguantar una chapa de 20 minutos explicando el mísero transitar del tío estos años, más aún en blanco y negro]

Volvemos a Tokio dónde ella está casada con un expatriado alemán de Daimler-Benz cargao de pasta, con un reloj caro, pero muy aburrido.
Ella aun está movida por la visión del libro y el recuerdo de Philippe, el de la foto.

Puede sonar muy triste o no, ahí no entro; lo que sí sé es que ningún espectador va a tolerar ni un minuto más de esta basura y abandonarán la sala progresivamente confirme vaya avanzando esta mierda de peli, por lo cual lo dejaríamos aquí salvo que llegue a los 50 RTs o 25 comentarios.
Odio el cine francés, en mala hora me ha dado por aquí. Y Luc Besson es pésimo.

A la mierda.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Los puentes de Calvo-Sotelo County...


Eran las 5 y pico de la madrugada, y llegábamos completamente tajados a mi casa servidor y un compi que a menudo se estrellaba en mi casa de jóvenes.
Estábamos por ahí en mi habitación intentándonos sacar los calcetines con un castañazo de pronóstico reservado cuando suena mi móvil.
Voz femenina:
-¿Además tienes los cojones coger el teléfono?¿Será posible? -me chilla la chavala.
-¿Y tú quien eres? -espeté con carácter inquisitivo/asombrado
-¿Serás capullo?, soy la dueña del móvil que has robado!!

Entre la taja y el agotamiento me quedé sin habla. Ella siguió defecando sobre el santoral y mis muelas, a partes alícuotas.
Tras un poco de tira y afloja, con mi amigo descojonado -pues los gritos se oían incluso sin altavoz- logramos atar cabos de la siguiente lid:

-¿Y cómo sabes que te lo he robado yo? -pregunté
-Pues porqué estoy llamando a mi número y los has cogido tú, cabrón!
-¿Y cuál es tu número?
-Este
-¿Cuál?
-El del teléfono que tienes en la mano, sucnormal.

Ella andaba, no se podía saber a esas horas, similarmente doblada a copas y trazaba líneas lógicas aparentemente razonables pero con fisuras destacables.

-A ver, ¿díme tu número?

Primero no se acordaba pero al final se acordó o se lo sonsacó a sí misma.
-696 55 36 50
-¿Y sabes a qué número has llamado?
-A este, hijo de puta
-No señora; al 696 55 36 55

Estupor, incredulidad, tal.
Trabamos una deslavazada conversación, a los pies de la cual creímos inferir que perdió el móvil (según ella se lo robaron pero yo creo que no) y que luego, a lo largo de sus torpes pesquisas, se tropezó conmigo.
Me ofreció sus disculpas, adéu adéu, bona nit, tal.

Al día siguiente, a eso de las 4 o las 5 de la tarde, me volvió a llamar, sobria esta vez.
Empezamos a charlar tal y cual, al parecer trabajaba justo al lado mío -en Plaza Calvo Sotelo, y así empezamos a llamarnos a lo tonto.

Al cabo de unas semanas creo que empezamos a enamorarnos o nos enamoró el jueguecito este, no nos habíamos visto nunca ni existían Facebooks ni pichas, y quedamos que ella dejaría un sobre con una foto suya a la recepcionista del edificio, que yo recogería y dejaría una mía ahí. Fotos de foto, de papel.

Por la noche nos llamamos. Recuerdo su foto y la que yo le dejé, a la puerta del Casino de Monte-Carlo con cuatro trolls más.

Cómo ella tenía novio y yo no (y tampoco novia), ella se mostró reticente a conocernos. However empezamos a intercambiar cosas a través de la recepcionista, que seguía nuestro adorable juego con gran atención.

Y por avatares me fui a EEUU a vivir. El Viernes antes (mi último día de trabajo en la auditora en Calvo-Sotelo) me dijo que pasara a recoger algo a recepción y era un libro, que venía con una dedicatoria, en plan ‘estoy enamorada’ o algo así que me puso bien lloroso.

Me fui a EEUU, yo no tenía ni email, nunca más nos vimos ni supimos del otro, y ahí queda.

Me parece una historia bonita, ¿no?

martes, 30 de abril de 2019

Hoy cierro trimestre fiscal en mi empresa


Hoy cierro trimestre fiscal en mi empresa. Estoy en el departamento de finanzas de una multinacional, que a mi modo de ver, es dónde van a parar aquellos que han estudiado administración pero que no tienen ni la iniciativa ni la inteligencia para emprender, ni la capacidad ni la competencia cómo para hacer algo valioso aún en un pequeño departamento útil de una empresa.

Somos las cebras heridas, los ciervos lactantes, los caballos cojos de aquellos que han estudiado económicas y empresariales.
Burócratas envueltos en una aceitosa capa de prostática administración y vómito por las paredes en una sitcom con actores de mielda previsible e hilarante.
El mugriento poso de un cárter lubricado por babas y heces.

Nuestro día a día transcurre esencialmente en uno de los dos bandos:
  1. LOS MACHACAS: Administración, contabilidad, contar cosas y meter números en una base de datos de colores deprimentes e interface contra-intuitivo.
  2. LOS FARSANTES: Prever números, ventas y costes (lo que llamamos forecasting o flash process), fallar con estrépito, cuantificar el zurullo, romper el zurullo en partes más pequeñas, agarrar cada una de esas partes y lanzarla contra alguien, lavarse las manos cómo Arquímedes, y esperar a que empiece el nuevo ciclo de forecast. Requiere hacer PowerPoints y llamar pan al diplodocus y vino al aceite Valvoline 20W50. Yo soy de esos.

El gran día de cada trimestre es hoy, si bien a veces empieza el día -2, y lo llamamos “El día del Cancerbero”.

Cada cual en nuestro “Teatro de los sueños” controla, con la mayor vileza, cuentas de costes y gastos. Cada uno las suyas. No hay solapamientos. Normalmente no alcanzamos objetivos en ninguna línea de negocio pero vamos a luchar por ellos hasta el final.
No a través de vender más -pues es imposible y nuestro producto es basura- pero sí a costa de ENCOLOMAR gastos a otros departamentos para alcanzar objetivos “en los despachos”.

Es ese día, hoy, el día en que en tu cuenta de gastos empiezan a aparecer partidas, vilmente originadas por el puerco de otro departamento, que o estás al loro o te vas a comer para cuando cerremos a la medianoche.
Es el día de los mecagoendioses, de la blasfemia, de la amenaza, y del email con subrayados, negritas, y mierdas en amarillo tal que asín.
A veces incluso con mayúsculas.

Cómo setas aparecen imputaciones de mil mierdas, que al hábil FINANCIERO repelerá cual TEFLÓN con la dureza y atención que la situación merece.
Simultáneamente, cómo haría Bobby Fisher, alternará la jabática defensa con el vil ataque, e intentará atribuir gastos injustificables a cualquier otro departamento a fin de alcanzar un objetivo tan Eldorádico cómo Atlántico.

Y con esta partida de tenis que haría defecar al propio Kafka, se van cerrando los meses con la ilusión de que un día, quizá no tan lejano, una gigantesca bola de fuego engulla la tierra y no quede ya ni un teclado sobre la faz de tan absurdo planeta.

martes, 12 de febrero de 2019

Me cago en sus barbas


Enfocaré esto ignorando el hecho genético, visceral, ancestral, e innegable de que España detesta a Cataluña.

Y me meteré en el marco mental de un Español razonable -que no medio.

Desde esa perspectiva, les entiendo. Entiendo que todo el ‘problema catalán’ simplemente no les entra en la cabeza, es como esos juguetes para niños con un hueco en forma de cuadrado y el niño que no puede meter la estrella. No quiere decir eso que los españoles estén intentando meterla, al menos mayoritariamente, pero aquellos que lo intentan no pueden porqué cae fuera de su marco mental.

Podría uno aducir que su marco mental es muy limitado y acertaría. Que es un país en extremo inculto, castizo, y por-mis-cojónico, y acertaría. Que la fuerza siempre se usó más que la maña, que se usó más el bofetón que la explicación, y que esto se hace así porqué lo digo yo. Todo eso no sólo es cierto sino que está imbuido en el genoma español.

Pero no exclusivamente desde esa óptica se entiende su reacción al Procés. Mucha gente civilizada, incluso fuera de España, entienden que una comunidad se rige por la Ley, que la gente no pude ni debe imponerse por la fuerza, y el fenómeno indepe se les antoja inadmisible. 

Y, que quieren que les diga, sé entender eso. A ver si  mañana se levantan los runners y quieren por la fuerza hacer de la Diagonal una pista de running, o se juntan los barbudos, muchos, y deciden que el Maresme será Barbania y que harán las cosas así o asá. Pues me tocaría los cojones, no sabría entenderlo, y me cagaría en sus barbas o Asics.

Hasta aquí nada se pude reprochar a España cómo concepto, cómo voluntad común, y cómo comunidad que responde ante una amenaza.

Lo que es inadmisible es cómo se responde a la amenaza.
Sentarse a hablar es una humillación; believe it or not, lo ven así.
Dicen que se puede hablar de todo sin violencia, pero cuando se quiere hablar sin violencia se inventan la violencia para no hablar.
¿Se puede ser más subnormal? No veo cómo.

Yo, ante el desafío de los barbudos, ante todo, me sentaría a hablar. Si además ponen 2 millones de votos en una urna me sentaría a hablar en el Hilton, con pastas y bebidas. Y si en un momento de estupidez mandé a la policía a pegarles el día en que fueron a votar, se me caería la cara de vergüenza y les pagaría cena y cama.

Seguramente no les dejaría constituir Barbania, pero sí les escucharía y de buena lid y con buen talante seguro que terminaríamos hallando un encaje que maximizara los bienestares tanto de barbudos cómo de equilibrados.

Comportarse, desde una posición de fuerza -cuando se tiene que demostrar responsabilidad de Estado- cómo un puto jabalí herido y encabronado, pensar que sentarse a hablar es una rendición, es de hijos de puta

Cuesta imaginar un país más retrasado y execrable.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

FOX in SOX


Cojones, ni encontraba el botón de 'New Post'...

A lo que iba: llevo años intentando resolver este asunto; creo que hará 10 años ya que hice un post sobre el particular.

Los calcetines, así cómo los pelos de los huevos, los tampones o los mocos, son un ítem que mientras permanece adosado al cuerpo humano resulta irrelevante, pero que una vez lo abandona, resulta bien desagradable.
Puede uno llevar los calcetines 20 horas o 20 minutos; en ambos casos tras quitárselos da grima volvérselos a poner.
Es un ítem apasionante al que no se dedica el tiempo que merece.

Yo, desde que me fui de casa, he estado porfiando gallardamente con un desafío hasta ayer irresoluble. Explícome: al no tener filipina y negarse mi mujer a hacerme de mama, me encontré hace ya décadas acorralado ante la tesitura de aparearme yo mismo los calcetines o salir de casa con muestras desapareadas.

Cómo es natural me decanté por la segunda, y mientras el pool de candidatos es 100% negro (ya hace años aparté los marrones y azules oscuro), hay infinidad de niveles de tersura, grosor, costura y sobre todo, altura.
La habitación dónde me visto está pobremente iluminada; además no presto atención y hace años perdí la fe, a resultas de lo cual a veces hay un palmo o más de diferencia entre la eslora de uno y otro calcetín, lo que me hace parecer sucnormal, o cuando menos pedófilo, cuando cruzo las piernas y alguien me ve los tobillos.
O cuando me desnudo ante alguna adolescente ávida de carnaza.

Ante este reto, cómo ya debatiérase en su momento, sólo cabe una salida tecnocrática: eliminar todos los calcetines y reemplazarlos por x pares idénticos. Pero eso no era suficiente: necesitaba 3 atributos innegociables:
  • Que la costura no fuera muy rugosa, puesto que me toca los ovarios tener un costurazo, normalmente además desalineado con la curva de mis dedillos, dándo la vara.
  • Que no tuvieran logos ni mierdas en la parte visible de la caña; aun me recuerdo a mí mismo en pantalón corto durante los años 80 con esos bordados de dos raquetas de tenis cruzadas en el puto calcetín, anda que no hizo fortuna ese “family crest”
  • Que fueran unitemporales: ni gruesos de invierno, ni finitos de esos casi transparentes (de cura pederasta o Controller de cincuenta-y-pico tacos) de verano. Un grosor perenne.
  • Que fueran, y esta era vital, reversibles: que me los pueda quitar del revés, ellos ser lavados, y volvérmelos a poner de volea tal cual. Ni en darles la vuelta tengo previsto perder un minuto.

Ante estos desafíos me encontraba yo (por cierto, he mencionado 3 requisitos, he puesto 4 y nadie se ha dado cuenta; suerte que no sois controladores aéreos) cuando inicié esta porfía hará 10 meses.
Incansablemente toqué calcetines de amigos, las yemas de mis dedos calibraron tersura y grosor con fruición; fui a chinos, al Carrefour, a diversos establecimientos, buscando el Santo Grial del Calcetín. Finalmente encontré la referencia en un sórdido Decathlon en Tabarnia…

Reconté mis calcetines negros.
41. No me sorprendió la imparidad; estimo que resulta más de la pérdida de 17 calcetines que de 1.
Arrodoní a 42, 21 pares, y raudo acudí anoche al Decathlon donde fulfilleé mi proyecto.

La cajera sin duda pensó “A este viejo lo han echao de casa a hostias y no tiene ni calcetines, pobre hombre”
Pagué, llegué a casa, cogí el caótico crisol de calcetines y los eché a la basura.


Desde hoy y para el resto de mi vida, un problema menos.
La vida, créanme, es más la ausencia de problemas que la presencia de grandes ilusiones.

martes, 3 de abril de 2018

Grandiosa historia de superación que humedecerá los ojos...


...al más gélido lector.

De pequeño, cuando en el patio los jefes elegían equipo, yo bien era elegidor o de los primerísimos elegidos.
Los elegidores normalmente aunaban dos cosas -que son tres: saber jugar a fútbol y ser jefecillos de la clase. Ser algo cabrones es la tercera.

La cadencia solía ser siempre la misma: piedra-papel-EStijera (en mis tiempos) al mejor de 5 desafíos; el ganador empezaba eligiendo. En mi curso había 3 que eran los mejores, y ya por mera divisoria, el partido empezaba ya francamente decantado pues los que tenían a 2 de los 3 ya lo tenían ganado. Hablamos de niños de 7 a 10 años. Cualquier padre familiarizado con el fútbol base infantil verá cada Sábado que con 1 sólo extremadamente bueno se ganan partidos. Lo raro es verlo en los profesionales cómo hacemos con Messi.

Pasaron 25 años y trailers enteros de cartones de tabaco por mi tórax, y en el trabajo empezamos a hacer lo mismo los jueves a las 6.
Cómo ya sabrá el viejo que pasados los 35 aun juega a fútbol, se trata de una lista de distribución por email de unos 45,000 nombres de los cuales comparecen 8. El 95% no responden al email, un 2% declinan SIEMPRE, y de ese 3% que acepta, una tercera parte no se presentan sin dar explicaciones. Regresan además el Jueves siguiente (tras dejarlos con 9 el Jueves anterior) sin pedir disculpas en clara manifestación de disonancia cognitiva grave.
A todos ellos les deseo sarro.

En definitiva, a veces 4 contra 4, a veces 5 por banda, a veces incluso hay uno o varios sustitutos, que se encuentran con la calamidad de que al no existir autoridad gobernante, a los 5 que están en cancha no les quita de ahí ni Llarena encolerizado.

Gracias a Dios en menos de 10 minutos alguien suele romperse los ligamentos o la rodilla, facilitando así una cierta rotación, viciada ya de por sí pues los recién entrados al campo JAMÁS saldrán, heridos aún por el hecho de cascarse media de hora de moto pa llegar justísimos y ver cómo terminan chupando banco.

Aun a esas edades, se transita por un proceso de criba de equipos muy equiparable al de antaño.
Cuando no me conocían me elegían a media confección, pero una vez se fueron familiarizando con mi jogo bonítol fui quedando progresivamente relegado a la cola de la selección.
En mi mente me veía convertido en el gordo gafotas que a principios de los años 80 era condenado al ostracismo en el proceso de selección, y eso es difícil de digerir…

Encontré jaueber un nicho de mercado suculento: cómo perdía infinidad de balones en la construcción, me aterrorizaba el choque, las daba todas mal, no iba de cabeza por miedo, tenía el dribbling de un urogallo herido, jamás retornaba a campo propio para defender, y no podía pegar dos carreras seguidas, por dignidad republicana me ofrecía a menudo  para ponerme de portero para recuperar el aliento y así evitar el ictus.

La posición de portero en las pachangas de Jueves de cuarentañeros es convulsa; a esa edad ya no quedan porteros. Los que lo eran de jóvenes ya se partieron la cadera hace años, perdieron el interés o se mataron en accidente de parapente tiempo ha. Lo que hay ahora son extremos derechos nerviosos efímeramente metidos bajo palos hasta que les metan un gol, esperando como jaguares encerrados que esto ocurra para continuar con la rotación y salir de ahí.

EN LAS PACHANGAS DE PORTERO ROTATORIO LOS PORTEROS QUIEREN ENCAJAR.

Eso es en sí mismo una puta mierda deportivamente hablando pero muy bueno para los delanteros venidos a menos, que se levantan buenos números a base de punterazos centrados bajo las piernas del obeso cancerbero.

Decía pues que tal, que a base de pasarme largas temporadas bajo palos (encajando probablemente en 9 de cada 10 tiros entre palos -pero no pidiendo rotación tras recoger el balón del fondo de las mallas), el resto de jugadores vieron algo único en mí: un puto gordo gafotas QUE SE PONE DE PORTERO.

La otrora incontestable inapetecibilidad de mi puta cara de repente se convirtió en un suculento manjar: “Con ese mamón en mi equipo apenas me tendré que poner bajo palos” pensaban, con acierto, los no-incapaces.

Pasé pues de ser un despreciable estorbo sin ego a figurar Jueves tras Jueves en las primerísimas rondas del draft, llegando a cristalizar intervenciones de mérito cómo el día que fui a recoger el balón de debajo de una furgoneta de DHL.

En resumen amigos, grandiosa historia de superación, de cómo nos podemos reinventar a nosotros mismos para pasar del más humillante fracaso y desdén al más estelar de los exitazos. Si Netflix no hace un documental sobre esto este año será el que viene.
Si viene.
Que ojalá no.