miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿Por qué dejé el golf?

Los motivos son varios y poderosos.

1-Bioquímica reversa: Cómo todo jugador de golf sabrá, el golf es una océano de sinsabores con gotitas de satisfacción. El muy hijo de puta hace que el océano de heces se diluya en esa gota celestial por algún mecanismo químico en el cerebro que no atisbo a comprender.

2-Jekyll and Hyde: Ahí estoy yo, atlético galán de mantequíllico swing dispuesto a darle. Ejecuto, la doy, y casi siempre va mal; donde hace 3 segundos estaba Nick Faldo hay ahora el voluntarioso gordo de mierda de cada mañana ante el espejo. Hartito de ese puerco.

3-Responsabilidad papal: No puedo estar sistemáticamente llegando a casa los Miércoles de mal humor y respondiendo con monosílabos (cuando no gestos de pota) al “¿Qué tal ha ido hoy?” El golf EROSIONA la buena vida familiar y nos miserabiliza. Odio además que mi hija me vea cómo lo que soy: un mierdas.

4-El Honor: porqué cabrones, en la claudicación, en la más sonrojante derrota, también hay honor. Terminar Iron Mans o hacer maratones en menos de 3h es de puto crack y os respeto y ADMIRO; yo, however, soy bastante malo en muchas cosas, más aún en el golf. Casi nunca a través de la voluntad se alcanzan los objetivos, y no por intentarlo más vas a conseguirlo cómo dicen los de Adidas. El tesón y el sacrificio normalmente se pagan con un puñetazo en el plexo solar, y no está exenta de honor la maniobra de poner los putos palos de golf a la venta en Wallapop y dedicarse a fines más altos, plausibles, y sobretodo, agradecidos.
Cómo la cría de bujías.


A la mierda.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El globero (o 'El infiltrado')

A nadie importa el porqué; el hecho es que desde hace unas tres semanas decidí coger la mountain bike de Decathlon bottom-of-the-line que mi mujer me regaló por mi cumple cuando aún me amaba, y con los piñones oxidados y un dedo de mierda sobre el sillín, me monté en ella.
Tres objetivos:
1-Perder peso
2-Huír de casa (el móvil principal de todo ciclista en su fase inicial)
3-Ver lo que ve un ciclista con mis propios ojos.

Así pues me convertí en un globero en apariencia, que no en realidad. Tras mi primera salida a puto pelo, me petaron la próstata, tres huevos y un glúteo; concluí que necesitaba hardware de asistencia.
Cómo además soy pro-gadgets y Amazon-compulsivo procedí pues a ponerme un timbre de pederasta, un bidón, un sujetador para el móvil que me guiaría en mis trayectos de loser, una funda de gel sobre el sillín, un coulotte bastante caro, un retrovisor así pequeño, unas leds para ver y ser visto, y quizá algo más.
De gag de Monty Python.

La bici, tras mi tuneo globero, pesaba unos 3kg más, hecho irrelevante pues la bici es tan rematadamente mala que pesa el doble que una buena; además, cómo mi objetivo es sudar y perder peso, cuanto más pese la bici mejor –digo yo.
Así pues, tras trazarme rutas de dureza soportable y recorrido poco concurrido en Strava (la plataforma de los peores losers), fui progresivamente saliendo, tensándome, y en relativa medida, mejorando.

Pero no he venido aquí a hablar de eso: también me dispuse a explorar la vida del típico ciclista de fin de semana o tío normal que ves cualquier día.
En eso de la relación de los ciclistas con el mundo sólo hay dos tipos de personas:
1-Los que odian a los ciclistas
2-Los ciclistas

Pensé que siendo (cómo persona cabal que soy) del tipo 1, disfrazado de 2 podía sorprenderme a mí mismo y SORPRENDER AL MUNDO.
Así pues en cada salida que hago, a la ida voy cómo los ciclistas deberían ir y a la vuelta voy cómo van.
Si voy por una acera estrecha y viene una señora de cara ME PARO, pongo el pie en el suelo, dejo pasar a la señora mientras la saludo, y retomo la marcha. Os lo juro.
Si voy por la calzada (siempre voy en dirección contraria para ver el percal) en calle estrecha y viene un coche, ME BAJO DE LA BICI y me subo a la acera hasta que el tío ha pasado.
Si voy por calzada y viene tráfico subo a la acera, ya bajaré, y si por ahí viene un niño vuelvo a bajar, intentando SIEMPRE que mi presencia sea transparente a todos (ni menciono que jamás invado calzada en vías con relativo tráfico).
Si hay peatones despistados delante de mí, les doy un leve timbrazo acompañado de un “buenas tardes!” y se apartan atentamente.
Aun en fuerte descenso, si tengo un coche detrás clavo frenos mientras diverjo a derechas, le dejo pasar y retomo la bajada. Sin excepción.
Tendríais que ver las caras de las abuelas y los gestos de los automovilistas, dándome bien una sonrisa bien un saludo, siempre transpirando auténtico ESTUPOR.

De regreso voy cómo van ellos: plato grande piñón pequeño dando timbrazos como zorras, rebasando a 45 Km/h a madres que empujan cochecitos de bebés, rozando levemente a la gente con el codo mientras les afeito la patilla, y dando miradas asesinas a los niños de mierda que zigzaguean con su puto patín que al parecer está de moda. A mis espaldas suelo escuchar algún tipo de improperios, pero a la velocidad a la que corto el viento mis oídos no pueden identificar bien el calado de las observaciones de la chusma.

¿Y saben qué? Me resulta mucho más gratificante la ida.

Creo que dejaré de hacer el hijodeputa y usaré la cordialidad en cada metro de mi patético tránsito vital.