lunes, 27 de febrero de 2017

Ya no tengo que cerrar la tapa de la basura

Y mira que me rompía los pelotones recoger el desaguisado cada vez que me relajaba en la marca del cubo.
Era asimismo un cristo poner cada noche los cojines en el sofá para que no se enfilara a dormir, o convivir con una casa llena de pelos.
Recoger zurullos por la calle me hacía sentir cómo el asistente de Kim Jong-Un, y cada vez que salíamos lejos de vacaciones era un cristo acomodarla con los abuelos o los vecinos.

Pero, me cago en Dios, que vacío ha dejado la cabrona.

El hecho además, de haberla puesto a dormir, no es menor cuando reflexionamos sobre estas cosas.
Si el Jueves por la noche no hubiéramos decidido lo que decidimos, hoy, ahora mismo, aun estaría en casa acurrucada en la agonía en su colchón.
Y eso, quieras o no, te hace sentir de puta pena.

Desde fuera parece claro que hicimos lo debido, pero el hecho es que llamamos a un veterinario que vino y la mató.
Y eso pesa.

Lo peor fueron las 2 horas y media que estuvimos ella, mi mujer y yo, en el comedor de casa esperando la visita del ejecutor. Llorábamos, ella nos miraba, y no pasaban los minutos. Es lo que tiene un perro: aun en la más tremenda enfermedad, su expresión no cambia realmente ni parece en absoluto desmejorado de cara. Nos miraba, decía, interrogativa pero sabedora de que algo mayúsculo era inminente.
Rememoramos entre sollozos varios episodios posiblemente irrelevantes mientras íbamos mirando el reloj.

Y sonó el timbre, y yo sabía que en 10, máximo 15 minutos mi perro sería un cadáver.
Y cuando Sue vio a su doctora, inmediatamente bajó la guardia y se quedó tumbada de lado, con media panza arriba, cómo entendiendo que gracias a Dios el final estaba al alcance de las yemas de sus pezuñas.

Y tal cómo aun respiraba, acurrucada entre nosotros dos, dejó de respirar y estábamos abrazando a un cadáver, lo que no nos impidió darle un beso final.

Y yo sé que nos echa de menos pero que está ya mucho mejor, ahí arriba jugando con su amigo del alma, llegado a las alturas hace escasas tres semanas en un lúgubre final también. Y ahí en el cielo no tiene un cáncer de hígado de cojones ni está paralizada ni vomita todo lo que come.


Pero hostia puta Sue, cómo te echamos en falta.

viernes, 3 de febrero de 2017

MIS RAZONES

Creo que es justo denominar ‘mobbing’ el fenómeno del cual vengo siendo víctima, no sólo en Twitter sino también en la vida irreal, la de hardware.
Todo el mundo se ríe de mi fijación con los smartwatches, supongo que no sin razón, pero voy a compartir mis pensamientos aquí y ahora.

Soy una persona infinitamente perezosa. Un auténtico despojo capaz de tragarme pelis que detesto por no incorporarme a la mesa de café a coger al mando a distancia.
Si mi mujer o mi madre escribieran un libro lo tendríamos que poner en el estante de ‘Ficción’ por increíble.

En el día a día mi móvil está o en mi bolsillo o en algún lugar del sofá bajo cojines o mantitas de invierno.
Aun estando en el sofá mirando la tele, si lo tengo en el bolsillo y vibra (SIEMPRE está en silencioso) raramente me molestaré en mirar.

Antes de 2010 tenía un Nokia simplemente metido en la guantera del coche por si tal. Jamás lo usé.
Desde que tuve hijos, entre que tal y cual, empecé a llevarlo encima. Mi desatención al mismo originó las primeras tensiones.

Al grano:
  1. Cuando recibo una llamada, no siempre tengo el teléfono a mano. Casi nunca. Luego me interesa poder responder llamadas aunque esté cagando si me parecen importantes.
  2. Lo mismo con mensajes: es un palo. El reloj me permite poder determinar en el acto importancia y necesidad de responder ya.
  3. Paso mucho tiempo en el coche y recibo cosas a veces time-sensitive; me interesa poder verlas y poder responder POR VOZ cuando me entra algo mientras sobreviro a 165 Km/h por la AP7.
  4. Me interesa saber temperatura (siempre), humedad (en verano), y viento (en invierno) en cualquier momento sin tener que manosear el móvil.
  5. Cuando juego a golf me interesa saber metrajes exactos para cada golpe; un dibujito del Green ayuda.
  6. Me interesa saber cuánta distancia recorro cada día.
  7. Me interesa saber cuántas horas duermo, con qué profundidad, y a qué horas me suelo dormir y despertar.
  8. Es importante conocer mis patrones de ritmo cardíaco no sólo cuando corro; ver cómo anda el corazón cuando duermo o si hay anomalías aleatorias.
  9. Me interesa salir a correr o en bici y saber exactamente velocidad y ritmos cardícos sin llevarme móviles, enchegar Stravas ni ponerme cintitas en el pecho.
  10. Ahora que estoy adoctrinando a mi hija en los entresijos de heavy metal, me gusta poder poner música por el altavoz del reloj cuando la baño (ya que ni sé dónde está el móvil)
  11. Me gusta ver gráficos de altitud y presión atmosférica pues puedo prever cambios de tiempo (y dolores en las articulaciones).
  12. Me va de perlas usarlo como linterna cuando apago las luces de la casa cada noche al acostarme
  13. Esa vez al año que andas desorientado por Santa Coloma de Gramenet, me gusta poder ver un mapa y que me saque de ahí rápido y ya mismo sin acudir al móvil.
  14. Y mil cosas más que no me vienen a la cabeza....¿he hablado de no quitármelo para bañarme?


Me toca los güebos cargar la pila pero el offset de beneficios es brutal (entre ellos el de que la batería del móvil me dura dos días ya que ni lo toco).

Parecerá absurdo pero a ver quien me da más razones y de más peso en favor de un puto Audemars Piguet que te da la hora, el día y quizá el mes.