jueves, 4 de julio de 2013

Entienda el mundo HOY: Economía Política (IV)

Tras detallar las complejidades derivadas de las políticas de gasto público, volvamos a la iniciativa privada. Existirá como es natural una dicotomía entre empleador (el que tuvo la iniciativa, tomó el riesgo y tuvo su suerte) y empleado (un tío con aversión al riesgo o sin la capacidad suficiente para llegar a empleador) que, en un sistema limpio y sin estridencias legales, coexistirán simbióticamente. El empleador no puede producir sillas sin el empleado, y el empleado no sabría qué hacer si no existiera la fábrica de sillas; no tendrían de dónde sacar renta para comer el uno sin el otro.

Cómo es natural, con el florecer de la iniciativa privada nacerá algo que lo cambiará todo: la diferencia de poder adquisitivo; aparecen los primeros ricos, una minoría de empleadores que han sabido triunfar (y dar de comer a las familias de decenas de empleados).
Es aquí donde la sociedad crea un cisma irresoluble y muy mal gestionado. Lejos de comprender esa simbiótica relación, los trabajadores (vehiculados a través de los ulteriormente llamado ‘sindicatos’) entendieron la relación de manera contraproducente. A la vez, el empresariado, tendió a no socializar sus beneficios y aspirarlos hacia arriba, puteando más y más a sus empleados. Se alimentó el bucle durante años hasta tornarse en un clima de guerra fría a cara descubierta.

Esto, cómo todo, a la larga es extremadamente simple. Si el empresario de la fábrica de sillas cada vez gana más y no me sube el sueldo ni mejora mis condiciones laborales, lo normal es que el currante se vaya a trabajar para el empresario que hace neumáticos, que al parecer paga bien. O el que hace cucharas. Eso al principio era así, pero se gestionó la situación de manera muy pobre.

Las primeras leyes sindicales, asegurando unos mínimos procedían. Y los incrementos legales quizá también. Lo que realmente magulló la relación fueron las trabas legales al despido. La gente debe entender que la imposibilidad de ajustar la plantilla a las necesidades de producción (por indemnizaciones costosísimas o por no salirle de los mismísimos al burócrata de turno) es un cáncer para la economía.
Si me piden menos sillas y debo fabricar menos sillas, necesito menos tíos.

·         -Que el gobierno me compre sillas para luego quemarlas NO ES LA SOLUCIÓN.
·         -Que el gobierno me dé un tanto cada mes para compensar lo que me hubiera ahorrado echando a equis tíos NO ES LA SOLUCIÓN.
·         -Que el gobierno me compre la fábrica de sillas para así no tener que echar a nadie mientras se produce un excedente de sillas que el mercado no absorberá NO ES LA SOLUCIÓN.
·         -Que el gobierno me impida echar mano de obra creando tensiones financieras en la empresa por una estructura de costes inadecuada NO ES LA SOLUCIÓN.
·         -Que sólo soportando unos costes indemnizatorios acojonantes pueda echarles NO ES LA SOLUCIÓN.

¿Saben por qué? Porqué si sé que no podré echarles, directamente no ficho a nadie más. Y esa es, amigos, la clave de todo: la tremenda aversión al fichaje por parte de los empresarios ya que saben que no se podrán desprender de ese exceso de capital humano caso de que no lo necesiten. Pueden comprar menos madera si tienen que hacer menos sillas pero no pueden ‘comprar’ menos trabajadores. Están atrapados. Y eso DESINCENTIVA la contratación.

La solución es, como en todo, permitir que oferta y demanda de trabajo se nivelen automáticamente, tal y cómo demostramos que ocurre en el mercado de bienes y servicios o el monetario (ver posts de hace dos semanas).
Desgraciadamente, se implantaron todas las políticas perniciosas arriba detalladas y muchas más. El cisma estaba creado entre Capital y Trabajo y el mercado estaba (está) artificialmente estabilizado por vía de la coacción al empresario (que es quien da de comer al 90% de la población no-empresaria).

Lo que digo no es opinable: es así. Podemos entrar en un tema de matices, de grises, de si los trabajadores merecen una estabilidad y seguridad laborales X o Y, si el despido debe ser más o menos caro, si los beneficios debieren distribuirse así o asá, pero el hecho es que todo lo que se pudo hacer mal se hizo mal. Y también es cierto e inopinable que sin empresarios nos morimos de hambre todos. O sea que deploro vigorosamente el discurso sociata de que el empresario es el anti-cristo. El empresario es Cristo. Y si algún lector es incapaz de entender esto, es indigno de este blog.

La cruzada socialista que asoló Europa a finales del siglo pasado tomó clara posición a favor del trabajador –cosa muy bien hecha; todos queremos lo mejor para inmensa mayoría trabajadora- pero lo vehiculó a través del puteo al empresario –cosa muy equivocada- y, peor aún, a través de la limosna. Con la excusa de la ‘libertad de oportunidades’ y la ‘justicia’ social (y sobre todo para ganar elecciones) se institucionaliza el subsidio, la más macabra y perniciosa política de gasto público aplicable.


Y es en ese punto, querida audiencia, dónde a la extorsión a la iniciativa privada (al creador de trabajo como vimos ayer) se une una iniciativa pública (de la que hablamos en el segundo capítulo) de tono paternalista, que estimula la holgazanería, el desempleo, la poca ambición, la ausencia de un espíritu de lucha, y el conformismo total ante la vida; el socialismo del subsidio, “no les enseñes a pescar, dales pescado”. 

3 comentarios:

General Fórceps dijo...

Rai, sobre el teu closing comment d'ahir: tens tota la raó, però no es tracta d'un exercici d'història econòmica (que ademés seria inabarcable en menys de 1,000 posts) sinó un exercici de simplificació i progressiva complexització basat en el sentit comú bàsic i en l'evolució general d'entorns controlats i simples.

DavidG dijo...

subvención mala mu mala

AxL dijo...

Estic mirant el post pujat a la cadira emocionat enmig de llàgrimes i entonant vítores i aplausus.

BRAVO.