martes, 3 de abril de 2018

Grandiosa historia de superación que humedecerá los ojos...


...al más gélido lector.

De pequeño, cuando en el patio los jefes elegían equipo, yo bien era elegidor o de los primerísimos elegidos.
Los elegidores normalmente aunaban dos cosas -que son tres: saber jugar a fútbol y ser jefecillos de la clase. Ser algo cabrones es la tercera.

La cadencia solía ser siempre la misma: piedra-papel-EStijera (en mis tiempos) al mejor de 5 desafíos; el ganador empezaba eligiendo. En mi curso había 3 que eran los mejores, y ya por mera divisoria, el partido empezaba ya francamente decantado pues los que tenían a 2 de los 3 ya lo tenían ganado. Hablamos de niños de 7 a 10 años. Cualquier padre familiarizado con el fútbol base infantil verá cada Sábado que con 1 sólo extremadamente bueno se ganan partidos. Lo raro es verlo en los profesionales cómo hacemos con Messi.

Pasaron 25 años y trailers enteros de cartones de tabaco por mi tórax, y en el trabajo empezamos a hacer lo mismo los jueves a las 6.
Cómo ya sabrá el viejo que pasados los 35 aun juega a fútbol, se trata de una lista de distribución por email de unos 45,000 nombres de los cuales comparecen 8. El 95% no responden al email, un 2% declinan SIEMPRE, y de ese 3% que acepta, una tercera parte no se presentan sin dar explicaciones. Regresan además el Jueves siguiente (tras dejarlos con 9 el Jueves anterior) sin pedir disculpas en clara manifestación de disonancia cognitiva grave.
A todos ellos les deseo sarro.

En definitiva, a veces 4 contra 4, a veces 5 por banda, a veces incluso hay uno o varios sustitutos, que se encuentran con la calamidad de que al no existir autoridad gobernante, a los 5 que están en cancha no les quita de ahí ni Llarena encolerizado.

Gracias a Dios en menos de 10 minutos alguien suele romperse los ligamentos o la rodilla, facilitando así una cierta rotación, viciada ya de por sí pues los recién entrados al campo JAMÁS saldrán, heridos aún por el hecho de cascarse media de hora de moto pa llegar justísimos y ver cómo terminan chupando banco.

Aun a esas edades, se transita por un proceso de criba de equipos muy equiparable al de antaño.
Cuando no me conocían me elegían a media confección, pero una vez se fueron familiarizando con mi jogo bonítol fui quedando progresivamente relegado a la cola de la selección.
En mi mente me veía convertido en el gordo gafotas que a principios de los años 80 era condenado al ostracismo en el proceso de selección, y eso es difícil de digerir…

Encontré jaueber un nicho de mercado suculento: cómo perdía infinidad de balones en la construcción, me aterrorizaba el choque, las daba todas mal, no iba de cabeza por miedo, tenía el dribbling de un urogallo herido, jamás retornaba a campo propio para defender, y no podía pegar dos carreras seguidas, por dignidad republicana me ofrecía a menudo  para ponerme de portero para recuperar el aliento y así evitar el ictus.

La posición de portero en las pachangas de Jueves de cuarentañeros es convulsa; a esa edad ya no quedan porteros. Los que lo eran de jóvenes ya se partieron la cadera hace años, perdieron el interés o se mataron en accidente de parapente tiempo ha. Lo que hay ahora son extremos derechos nerviosos efímeramente metidos bajo palos hasta que les metan un gol, esperando como jaguares encerrados que esto ocurra para continuar con la rotación y salir de ahí.

EN LAS PACHANGAS DE PORTERO ROTATORIO LOS PORTEROS QUIEREN ENCAJAR.

Eso es en sí mismo una puta mierda deportivamente hablando pero muy bueno para los delanteros venidos a menos, que se levantan buenos números a base de punterazos centrados bajo las piernas del obeso cancerbero.

Decía pues que tal, que a base de pasarme largas temporadas bajo palos (encajando probablemente en 9 de cada 10 tiros entre palos -pero no pidiendo rotación tras recoger el balón del fondo de las mallas), el resto de jugadores vieron algo único en mí: un puto gordo gafotas QUE SE PONE DE PORTERO.

La otrora incontestable inapetecibilidad de mi puta cara de repente se convirtió en un suculento manjar: “Con ese mamón en mi equipo apenas me tendré que poner bajo palos” pensaban, con acierto, los no-incapaces.

Pasé pues de ser un despreciable estorbo sin ego a figurar Jueves tras Jueves en las primerísimas rondas del draft, llegando a cristalizar intervenciones de mérito cómo el día que fui a recoger el balón de debajo de una furgoneta de DHL.

En resumen amigos, grandiosa historia de superación, de cómo nos podemos reinventar a nosotros mismos para pasar del más humillante fracaso y desdén al más estelar de los exitazos. Si Netflix no hace un documental sobre esto este año será el que viene.
Si viene.
Que ojalá no.

2 comentarios:

Juanma dijo...

Impresionante testimonio. Al final no he podido evitar las lagrimas, como me ocurre con el buen cine yanqui. Gracias por esta gran lección vital.

Ant. dijo...

A aquestes edats el risc no és trencar-se els lligaments, que també, sinó patir un atac de cor i quedar-t'hi.
Jo n'he conegut a dos. Un de 45 i l'altre de 48. Companys de feina. Bueno, ara ja ex-companys, pobrets. Ja crien malves volent-se fer els valents sortint a fer running.

En fi.
Cuida't amic.

Ant.